Ahora solo tenía que concentrarme en ganar, en
realidad lo que quiero es llamar su atención y si él
ganaba en la competencia masculina, para mí sería
perfecto.
“Bueno, estoy alucinando y debo concentrarme,
este chico en verdad me perturba, dejaré de mirarlo y
pensaré en otras cosas”, pensé.
En la competencia femenina, afortunadamente,
quedé seleccionada en segundo lugar, él quedó cuarto
así que tendría que volver a la segunda ronda.
“No importa”, me dije, “es lento pero guapísimo”.
Después de cambiarme, cuando terminó todo,
regresé a las graderías a buscar a mi amiga Luciana
para regresar a casa juntas, ella es mi mejor amiga, nos
conocemos desde pequeñas; es una pelirroja de cabello
lacio con la mirada perdida, como si imaginara cada
una de las cosas que le cuento, somos confidentes,
vivimos cerca, es como la hermana que nunca tuve;
ella lo sabe todo de mí y yo lo sé todo de ella, y estaba
allí para alentarme como siempre lo había hecho.
Buscándola, recorrí el lugar con la mirada, sin
planearlo crucé miradas con Diego, sin saber qué hacer,
disimulé rápidamente mirando hacia otro lado, pero él
se quedó observándome, pude sentir su mirada sobre
mí, di la vuelta bruscamente para seguir buscando por
otro lado y disimular mi nerviosa reacción, “se habría
dado cuenta”, me preguntaba. En ese momento sentí
cómo el corazón se me aceleró y percibía que mi cara
empezaba a calentarse, siendo invadida por toda la
sangre que podían recibir mis pómulos, estaba sonrojada
y no lo podía evitar, mi respiración profunda me hacía
percibir olores de los que nunca antes me percaté de que
fueran tan fuertes; abrumada entre colonias, sudores y,
por supuesto, la concentración del cloro de la piscina;
me sentí un poco mareada, parecía que iba a perder el
equilibrio en cualquier momento y por si fuera poco
mis oídos también me querían jugar una mala pasada,
escuchaba murmullos y susurros lejanos, todo giró
violentamente a mi alrededor, cuando me di cuenta
de que no era la habitación lo que se movía, era como
si estuviera parada en el centro de un gran disco, mis
sentidos buscaban a Diego y cuando lo hallaron todo
se paralizó bruscamente, mi concentración se centró
en el guapo chico y Franco, sin mirarlos obviamente
y a pesar de que se encontraban a varios metros podía
escuchar claramente la conversación entre ellos, sentía
como Diego me miraba y decía:
—Me encanta su piel, blanca como el marfil, su
cabello castaño hasta media espalda y sus juguetones
ojos verdes que bailan en su rostro son locura, me
fascina, se llama Cielo, ¿verdad? —preguntó Diego.
—Sí, está en mi clase de literatura, mañana te la
presento —y como si hubiesen sellado un acuerdo,
chocaron las manos sosteniéndolas una con la otra en
un saludo que solo los chicos hacen.
Al escuchar esto, me puse tan nerviosa que,
sin darme cuenta, empecé a tocarme la oreja
desesperadamente como si me hubiera saltado una
pulga allí, y mi respiración se tornó rápida y fuerte a
la vez, como si hubiera corrido los cien metros planos;
cuando una de las chicas que pasó a mi lado me
preguntó, con cara de preocupación, si estaba bien, fue
entonces que me di cuenta de mi actitud y solo atiné a
responder:
—Es que tengo sed —sonreí avergonzada y pensé:
“qué raro… ojalá nadie más me haya visto...”.
Con pasos rápidos me dirigí a la salida, me había
demorado mucho. Al ver que mi amiga ya no estaba
en las graderías… “y bueno mañana conversaré con
ella”, pensé; mientras avanzaba, intentaba darme una
explicación de lo que me había pasado, era totalmente
extraño y decidí no comentarlo con nadie, podían
pensar que estaba loca, ya que yo misma lo pensaba;
a esta edad todo es muy confuso, “la adolescencia está
enloqueciéndome, debe de ser hormonal”, susurré.
Era suficiente con los extraños sueños que tenía
como para tener esas vergonzosas escenas despierta.
“No volveré a desayunar tanta azúcar”, me dije,
mirando al techo y negando con la cabeza, suspiré. Ya
en el bus, sin Luciana, me puse a pensar en otras cosas,
entre ellas en mis padres.
Él trabaja en horario de oficina y ella siempre en la
casa, una pareja realmente feliz, sin reclamar al tiempo,
porque el amor que se tenían iba más allá de cualquier
límite, solo con mirarlos uno se da cuenta de que son
almas gemelas y juntas transmiten tanta ternura y paz
que simplemente solo resta admirarlos, gente sencilla
que siempre tenía como regla decir la verdad duela lo
que duela y pase lo que pase, mi madre siempre me
repetía:
“Con la verdad sabes a dónde ir, qué hacer,
cómo responder, qué actitud tomar; con la verdad en
tus manos puedes mirar de frente a quien sea, en el
momento que sea, la verdad siempre te hará libre”.
Así que mis padres nunca me ocultaron que yo era
adoptada y, si hubieran sabido quienes eran mis padres
biológicos, de seguro me lo hubieran dicho; sobre
todo Bruno, mi padre adoptivo, a quien le gustaba la
franqueza ante todo. Me sentía afortunada, tenía lo que
siempre he soñado, una vida normal y casi perfecta
si no fuera porque, sin quererlo, siempre aparecían
esas clásicas preguntas en mi mente, esas que te haces
cuando tienes curiosidad por saber lo desconocido, o
inconscientemente por querer complicarte la vida.
“¿Cómo serán ellos? ¿Me parezco a mi madre o
a mi padre? ¿De dónde soy exactamente? ¿Tendré
más familia? ¿Qué pasó realmente? ¿No me querían,
murieron, se separaron? Y si están vivos, ¿no tendrán
curiosidad por saber cómo soy, qué gustos tengo?” Y
la lista sigue infinitamente… Preguntas sin respuestas
que flotaban en mi cabeza sobre todo cuando estaba
próximo mi cumpleaños.
...continua...