miércoles, 5 de febrero de 2014

"EL LADO MÁGICO DE LA LUNA" - PARTE II

PARTE II

—Buenos días pequeña, ¿no dormiste bien?,
pareces cansada —me miró fijamente estudiando mi
rostro.
—No, la noche pasó muy rápido. ¿Y mi papi? —
pregunté.
—Ya se fue para la empresa —me dijo.
Tomé uno de sus deliciosos panqueques, le rocié
mucha miel y disfruté el desayuno; cuando terminé,
regresé a mi habitación para sacar mis libros, y por
un instante me perdí en los dibujos que hacía de mis
sueños, unos a carbón y otros en colores, los que tenía
como colección tapizando casi por completo una de las
paredes de mi habitación. Dibujar es mi pasatiempo, lo
hago desde niña, me relaja y me sumerge en un mundo
imaginario que a veces puedo sentir casi real.
Tengo extrañas imágenes que hace tiempo
perturban mis sueños, cosas que nunca antes había
visto, como un escudo con una luna en menguante,
y en el centro de este satélite se encuentra una
imponente espada brillante situada verticalmente,
con la empuñadura adornada finamente con filigrana
plateada, con una figura humana en un lado y un lobo
erguido en sus dos patas traseras al otro; ambas figuras
están entrelazadas alrededor de esa deslumbrante
espada intercambiando miradas entre sí, encerrados
en un óvalo, adornando la parte central de un arco
enorme de piedra; además del sueño con ese gran lobo
negro.
De niña me asustaban, supongo que ahora ya es
costumbre, sueños que luego, de un tiempo vienen y
después se van, visitas inesperadas a mi inconsciente
que traían consigo sensaciones extrañas.
“Es hora de irme, no puedo distraerme constantemente
con esto, debo de concentrarme en la escuela”,
pensé.
Al salir vi a mi vecino que se encontraba en su
jardín, de cabello oscuro perfectamente peinado hacia
atrás y ojos grises, una tonificada, fina y alta escultura,
no tan mayor en realidad como para estar siempre solo.
Llegó de viaje en ese momento, es supervisor de ventas,
por lo que viaja mucho; como todas las mañanas que
estaba en casa, el señor Bosco recogía su periódico,
esta vez se encontraba recogiendo todos los que se
acumularon las dos semanas que estuvo ausente.
—¡Buenos días, señor Bosco! —saludé en voz alta
para que me escuchara, él me respondió amablemente
con una amplia sonrisa.
—Buenos días Cielo, ¿cómo dormiste?, tienes
unas lindas ojeras esta mañana —estaba de buen
humor, como siempre, solo le respondí con una sonrisa
bajando la cabeza y seguí directo al paradero a esperar
el bus en Grant Park, en Atlanta, donde vivo y ha sido
mi hogar durante mis dieciséis, casi diecisiete, dulces
añitos.
Cuando me senté en el bus, saqué una hoja y
dibujé mi sueño de esa mañana, lo que más me impactó
fue la mirada fija con extrema ternura de la dama que
acariciaba al lobo, arrodillada casi frente a él, pasando
una y otra vez su fantasmal mano por encima de su
lomo.
Ese día me sentía un poco cansada por no haber
dormido muy bien y olvidé que teníamos competencia
de natación interescuelas, pero no importa, soy buena
en eso, una de las mejores del equipo, no me preocupé.
Pasé la mañana en clases con los párpados a la mitad
de mis ojos como si la luz del día me molestara, yendo
de aula en aula, recostada en mi carpeta escuchaba las
voces lejanas, como si mis sentidos no respondieran a
nada de lo que pasaba a mi alrededor y lo escuchara
todo lentamente con sonidos borrosos.
Entre clases, iba al baño para refrescarme y
sentirme un poco más despierta, pero estaba tan
cansada que pronto volvía a quedarme casi dormida.
Después de mis clases y de haber bostezado casi toda
la mañana, se acercaba la hora de la competencia; pasé
por el comedor por agua y alguna fruta, los nervios
que empecé a sentir no dejaban que comiera nada más,
luego me apresuré a los vestidores para cambiarme.
Cuando llegaron nuestros oponentes y entraron a
la piscina, todos observábamos hasta sus más mínimos
movimientos, estar en otro territorio es difícil, pero
ellos se miraban confiados. Sin darme cuenta mi
vista se quedó fija en uno de aquellos chicos, todo
se tornó en cámara lenta, observaba cómo caminaba
conversando y riendo con sus amigos dirigiéndose a
su banca, cada paso que daba parecía que lo daba tan
fuerte que repercutía en vibraciones hacia mi pecho,
acompasando mi corazón. Su piel era blanca perlada,
de rostro perfecto, de finas facciones, ojos celestes como
el cielo en un día despejado, de finos labios, cabello
castaño algo largo y desordenado, de cuerpo delgado
con musculatura marcada y alto, todo él era perfecto,
era el chico más guapo que había visto en mi vida.
Pronto una voz que provenía de las graderías
llamaba en voz alta:
—¡Hey, Diego! —y él contestó al saludo moviendo
la cabeza.
Por lo menos ya sabía su nombre y cuando
disimuladamente giré para ver quién lo había saludado,
me sorprendió que fuera Franco, mi compañero en
el curso de literatura, de piel canela pálida, cabello
oscuro, ojos caramelo y cejas pobladas, en el pasado
me parecía lindo, hasta hoy que puedo decir que mis
gustos han cambiado y siento que Franco ya no llama
mi atención en absoluto y más bien será fácil sacarle
información sobre ese chico que nunca había visto,
dónde habrá estado todo este tiempo.
“Acaso este será un buen día”, me susurré.
Pero mirando a mi alrededor, no había sido
la única que se había fijado en él, las demás chicas
conversaban entre sí mirándolo y otras hasta lo
saludaban efusivamente, parece muy popular.


continua...